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Cómo abonar tomates y pimientos para conseguir plantas más sanas y productivas

Una de las consultas que más recibimos cuando empieza la temporada de huerto es respecto a los tomates; suele ser algo del tipo: «mis tomates arrancan bien pero a mitad de verano se quedan parados, las hojas amarillean y los frutos salen pequeños, ¿cómo lo soluciono?». Casi siempre, cuando preguntamos cómo han abonado, la respuesta es la misma: un fertilizante genérico aplicado más o menos de vez en cuando, sin demasiado criterio sobre el momento ni la cantidad. Y es que los problemas con los tomates no suelen ser por falta de cuidados, sino por desconocimiento. Y es que tomates y pimientos tienen unas necesidades nutricionales muy concretas que cambian según la fase en que estén, y no abonarlos del modo que necesitan termina pasándoles factura.

Tomates y pimientos son dos de los cultivos más exigentes que se pueden tener en un huerto; en pocos meses desarrollan raíces, tallos, hojas, flores y frutos de forma muy intensa, y esto hace que agoten el suelo rápidamente si no se repone la materia orgánica y los nutrientes necesarios. Entender cuándo abonar, qué aportar en cada momento y cómo hacerlo sin generar desequilibrios es lo que marca la diferencia entre una planta que produce bien y una que a duras penas sobrevive.

Qué necesitan tomates y pimientos en cada fase del cultivo

Las necesidades nutricionales de estas plantas no son las mismas en abril que en julio, y ajustar el abonado a cada etapa es probablemente el cambio que más impacto tiene en el resultado final.

Durante las primeras semanas, cuando la planta está desarrollando estructura, el nitrógeno es el nutriente más importante. Favorece el crecimiento de hojas y tallos y le da vigor a la planta desde el inicio. No obstante, un exceso en esta fase produce justo lo contrario de lo que se busca: plantas muy frondosas, con mucho verde, pero con poca floración y cosechas pobres; hay que aportar nitrógeno en su justa medida.

Cuando empiezan a aparecer las primeras flores, el fósforo cobra protagonismo. Interviene directamente en la floración, en el desarrollo radicular y en la formación inicial de los frutos. Una carencia en este momento se nota enseguida: plantas que no acaban de arrancar, flores que caen antes de cuajar, producción escasa. Es una de las fases donde más errores vemos, en parte porque mucha gente asocia la caída de flores al riego o a la temperatura, cuando el origen suele ser nutricional. En estos casos un abono de fósforo líquido ecológico aplicado de forma regular desde que aparecen los primeros botones florales ayuda a estabilizar esta fase y a mejorar el cuajado.

En la fase de fructificación, el potasio pasa a ser el nutriente clave. Ayuda al engorde del tomate y del pimiento, mejora la maduración y produce frutos más consistentes y con mejor sabor. También refuerza la resistencia de la planta frente al estrés ambiental, algo especialmente relevante en los meses de más calor. Para esta etapa recomendamos un abono específico de engorde y maduración formulado para tomates, que aporta el potasio y los micronutrientes que la planta necesita cuando el fruto ya está formado y empieza a coger tamaño.

Y no nos olvidemos del calcio, que es el nutriente que más problemas genera cuando falta. Su ausencia provoca la podredumbre apical,  un problema muy frecuente que aparece cuando la planta no puede absorber calcio correctamente, algo que se da sobre todo en épocas de calor intenso o cuando recibe riegos irregulares. Para prevenirla es importante incorporar calcio específico para tomates y pimientos desde la fase de floración, especialmente en variedades muy productivas o en cultivos en maceta donde los desequilibrios nutricionales se agravan.

 

Cuándo y cómo abonar para que las plantas aprovechen bien cada aporte

El momento del abonado importa tanto como el producto que se usa. Aplicar el nutriente correcto en la fase equivocada da resultados mediocres aunque el fertilizante sea bueno.

El primer trabajo importante es preparar el terreno antes del trasplante. Las raíces tienen que encontrar desde el inicio un entorno fértil y con buena estructura. En esta fase incorporamos materia orgánica madura y solemos recomendar un abono de fondo para huerto que active la microbiología del suelo antes de que lleguen las plantas.

Una vez trasplantadas, conviene esperar unos días antes de empezar con los aportes regulares. La planta necesita centrarse en arraigar y adaptarse al nuevo entorno, y empujarla con fertilizante demasiado pronto puede generar más estrés que beneficio.

Durante el crecimiento activo, lo que mejor funciona en nuestra experiencia son aportaciones pequeñas y frecuentes en lugar de grandes dosis aisladas. El suelo se mantiene más equilibrado, la planta recibe una alimentación más estable y se evitan los picos de absorción que generan desequilibrios. Un abono ecológico para tomates  como el nuestro, de liberación progresiva y con ácidos húmicos y potasio hará que los nutrientes estén disponibles cuando la planta los necesita, sin acumulaciones que terminen bloqueando la absorción.

Por qué el suelo importa tanto como el fertilizante

Hay algo que vemos con bastante frecuencia en cultivos domésticos, especialmente en maceta: se cuida mucho el abonado pero se descuida el sustrato. Con el tiempo la tierra pierde estructura, disminuye la actividad microbiana y aunque se sigan aportando nutrientes, la planta no los absorbe bien. El resultado es una planta que recibe abono pero no responde.

La diferencia entre un fertilizante químico de acción rápida y un abono orgánico no es solo una cuestión de origen. Los fertilizantes de síntesis aportan nutrientes inmediatos pero no hacen nada por el suelo, y a medio plazo su uso continuado reduce la vida microbiológica del terreno y aumenta el riesgo de acumulación de sales. Los abonos orgánicos, en cambio, liberan nutrientes de forma progresiva y al mismo tiempo mejoran la estructura del suelo, favorecen la retención de humedad y alimentan la microbiología que hace posible que todo lo demás funcione. No es una ventaja abstracta: se nota en que las plantas aguantan mejor el calor, desarrollan raíces más profundas y producen frutos con más sabor y mejor textura.

En cultivos en maceta o mesas de cultivo, donde la tierra disponible es limitada y los nutrientes se consumen mucho más rápido, renovar parcialmente el sustrato cada temporada e incorporar humus de lombriz como enmienda orgánica marca una diferencia muy visible de un año para otro.

Los errores más frecuentes que conviene evitar

El primero, y el más habitual, es usar un único fertilizante durante todo el ciclo. Como hemos visto, las necesidades cambian en cada fase, y el abonado tiene que adaptarse a ellas.

El segundo, muy frecuente en quienes vienen de usar fertilizantes genéricos,  es abusar del nitrógeno. Genera plantas con mucho follaje que producen poco y son más sensibles a hongos.

El tercero tiene que ver con el riego. Aunque haya calcio suficiente en el suelo, la planta necesita condiciones estables para absorberlo. Los riegos muy irregulares —periodos de sequía seguidos de exceso de agua— son una de las principales causas de podredumbre apical, independientemente de cuánto calcio se haya aportado. La regularidad en el riego, al igual que en el abonado, es clave para que nuestra cosecha de tomates sea tal y como esperamos.

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