Spedizione gratuita a partire da 20 €, in Penisola e Portogallo (24/72h)

Muffa

Basta un par de días de lluvia con calor para que una tomatera que ayer estaba impecable amanezca con manchas amarillas en las hojas y una especie de polvo grisáceo por el envés. Quien cultiva lo ha visto más de una vez, y casi siempre se da cuenta tarde, cuando la enfermedad ya ha saltado de una planta a la de al lado. Ese salto rápido, de un día para otro y de una mata a la siguiente, es la firma del mildiu, una de las enfermedades que más quebraderos de cabeza nos traen en el huerto y en el viñedo. En Cultivers llevamos años acompañando a quienes cultivan en ecológico, y hemos comprobado que la clave no está en reaccionar cuando el daño ya se ve, sino en entender por qué aparece para poder adelantarse. De eso va este texto: de reconocer el mildiu a tiempo y de tratarlo sin recurrir a la química de síntesis.

Qué es el mildiu y por qué lo tratamos como un hongo

El mildiu no es una sola enfermedad, sino un conjunto de patologías provocadas por microorganismos parásitos que, aunque popularmente llamamos hongos y combatimos con criterio antifúngico, pertenecen en rigor al grupo de los oomicetos, unos organismos emparentados con las algas que se comportan como los hongos en casi todo lo que le importa a quien cultiva. Sus esporas hibernan en los tubérculos, en las raíces o en los restos vegetales del suelo, y se activan con la llegada de la primavera para colonizar el tejido verde de la planta. Según el cultivo que ataquen recibe nombre distinto el patógeno responsable: el Phytophthora infestans es el que arrasa patatas y tomates (el mismo que provocó la gran hambruna irlandesa del siglo XIX), mientras que el Plasmopara viticola es el azote clásico del viñedo. Lo que comparten todos es un carácter policíclico que explica por qué el mildiu se descontrola tan deprisa: una primera infección, la primaria, genera esporas que producen a su vez nuevas infecciones secundarias, de modo que si no se corta a tiempo la enfermedad se multiplica de forma casi exponencial sobre el mismo cultivo. Entender esta lógica de reproducción es lo que separa un tratamiento que funciona de uno que llega tarde, porque frente a una enfermedad fúngica que se expande sola cada pocos días, el momento de actuar casi siempre es antes de lo que uno cree.

Por qué aparece el mildiu: humedad, temperatura y las condiciones que lo disparan

 

 

El mildiu necesita dos cosas al mismo tiempo para prosperar: agua y calor suave. Las esporas empiezan a activarse a partir de los 10 grados, por eso la primavera marca el arranque de la temporada de riesgo, y se disparan cuando a esa temperatura templada se le suma humedad persistente, ya venga de la lluvia, del rocío de la mañana o de un riego que moja la vegetación. La combinación de días lluviosos con temperaturas elevadas es el escenario perfecto, y también lo es una humedad ambiental alta acompañada de calor, algo habitual en zonas costeras, en invernaderos y en cualquier huerto que se riegue por aspersión. En un verano seco y muy caluroso el patógeno se repliega, porque la falta de humedad en la hoja frena su germinación, pero donde el ambiente sigue cargado de agua la enfermedad no descansa. Por eso conviene vigilar de cerca el parte meteorológico en primavera y en los tramos húmedos del verano: cuando se anuncian varios días seguidos de lluvia con temperaturas templadas, el riesgo se dispara y ese es el momento de tener la prevención ya puesta, no de salir a buscarla. La otra cara de esta dependencia del clima es una buena noticia, y es que casi todas las condiciones que favorecen al mildiu están, al menos en parte, en nuestra mano: cómo y cuándo regamos, cómo ventilamos la planta y cómo drenamos el suelo pesan tanto como el propio tiempo atmosférico a la hora de decidir si el cultivo se infecta o resiste.

 

Cómo reconocer el mildiu en las hojas y no confundirlo con el oídio

 

El mildiu se instala en el interior de las hojas, en los tallos y en los frutos, y su primer aviso suelen ser unas manchas de color amarillo pálido, a veces con aspecto aceitoso, que asoman en el haz de la hoja. Al girarla, en el envés aparece la señal que no engaña: una fina pelusa o polvo de tono blanquecino-grisáceo, que es el micelio del patógeno esporulando al abrigo de la humedad. A medida que avanza, las hojas se secan por las puntas, las manchas progresan hacia el interior y el follaje termina cayendo, lo que debilita la planta y compromete la cosecha. La confusión más frecuente, y la pregunta que más nos llega, es cómo distinguir el mildiu del oídio, porque ambos son enfermedades fúngicas de la hoja y a primera vista pueden parecerse. La diferencia práctica está en dónde y cómo se manifiestan: el oídio se presenta como un polvo blanco y harinoso sobre todo en el haz, la cara superior de la hoja, y prospera en ambientes cálidos y más bien secos, mientras que el mildiu prefiere la humedad, tiñe el envés de ese gris característico y deja en el haz manchas amarillentas antes que un polvo blanco. Dicho de forma sencilla, si el polvo blanco está por arriba y el ambiente ha sido seco, sospechad del oídio; si la pelusa está por debajo y venís de días húmedos, lo más probable es que sea mildiu. Ante la duda, y dado que otras enfermedades foliares también se le parecen, siempre recomendamos observar el envés con calma antes de decidir el tratamiento, porque acertar en la identificación es el primer paso para no malgastar aplicaciones.

Qué cultivos ataca el mildiu: de la vid al huerto

El viñedo es el caso emblemático, y no por casualidad: el mildiu de la vid, provocado por Plasmopara viticola, es capaz de arrasar hojas, racimos y cosechas enteras cuando la primavera viene lluviosa, y buena parte del calendario de tratamientos de un viticultor gira precisamente en torno a mantenerlo a raya en las fases delicadas de floración y cuajado. Pero sería un error pensar que es solo un problema de bodega. En el huerto, el tomate y la patata comparten enemigo, el ya citado Phytophthora infestans, que en pocos días puede llevarse una plantación de tomateras si coinciden el calor y la humedad. Las cucurbitáceas figuran también entre las víctimas habituales, y aquí la lista es larga: el calabacín es especialmente vulnerable en climas húmedos, y con él sufren el pepino, el melón, la sandía y la calabaza, cultivos en los que la enfermedad provoca defoliaciones que reducen tanto la cantidad como la calidad de los frutos. El pimiento tampoco se libra, con manchas que aparecen en hojas y frutos y merman la producción. Este abanico tan amplio, que va de la viña a la práctica totalidad de la huerta, es lo que convierte al mildiu en una de las enfermedades más temidas por agricultores y hortelanos, y lo que explica que la protección frente a él no sea una tarea puntual sino una rutina de temporada. Sea cual sea el cultivo, el patrón se repite: donde hay tejido verde, humedad y una temperatura templada, el mildiu encuentra su oportunidad, y por eso las estrategias que funcionan en el viñedo (aireación, prevención temprana, refuerzo de la planta) sirven igual de bien en el bancal de tomates o en la mata de calabacines.

Cómo prevenir el mildiu antes de que aparezca

Con una enfermedad que se multiplica sola en cuanto encuentra humedad, la prevención no es una opción entre varias, es la estrategia que de verdad sostiene el cultivo. Buena parte del trabajo es de manejo y no cuesta dinero: airear bien la planta con podas en verde y sistemas de conducción que dejen circular el aire entre las hojas, regar por goteo en lugar de mojar la vegetación, cuidar el drenaje para que no se formen charcos y evitar las labores del suelo en los momentos de floración, cuando remover la tierra facilita que el patógeno se disperse. Sobre esa base de buenas prácticas, el segundo pilar de la prevención en ecológico consiste en reforzar las propias defensas de la planta para que resista la penetración del hongo, y ahí es donde entra un aliado tradicional de la huerta como la cola de caballo. Se trata de un preparado concentrado a base de Equisetum arvense, una planta rica en sílice y en compuestos biofungicidas naturales como las equisetoninas y los ácidos silícico, tánico y gálico, que fortalecen los tejidos vegetales y dificultan que el mildiu, el oídio o la roya se abran paso. Su acción es sobre todo preventiva, de modo que rinde cuando se aplica antes de que la enfermedad aparezca y se repite en los periodos de mayor riesgo, esos tramos de humedad y lluvias en los que sabemos que el patógeno acecha. Al venir formulada concentrada, se diluye para su aplicación y rinde más por envase que las soluciones listas para usar, y es apta para agricultura y jardinería ecológica sin plazo de seguridad, algo que agradece cualquiera que cultive para consumo propio. Incorporarla como rutina, y no como remedio de urgencia, es lo que reduce la necesidad de tratamientos de choque más adelante.

Cómo tratar el mildiu de forma ecológica: el papel del cobre

Cuando la prevención no ha bastado o el riesgo es muy alto, el cobre es el aliado histórico frente al mildiu, y el ecológico dispone de él en dos formatos que conviene no confundir. El primero es el oxicloruro de cobre, un fungicida de contacto formulado al 70 % (con un 25 % de cobre total) que actúa de forma preventiva levantando una barrera protectora sobre hojas y tallos que impide la germinación de los patógenos, a la vez que aporta cobre como micronutriente implicado en la fotosíntesis y la actividad enzimática. Al no ser sistémico, su eficacia depende por completo de una buena cobertura de la superficie, y es sensible al lavado, de modo que conviene aplicarlo de forma preventiva y renovarlo tras las lluvias; está certificado para agricultura ecológica e indicado para olivo, cítricos, frutales, vid y hortícolas como el tomate y la berenjena, con dosis de 2,5 ml por litro en olivo, hortícolas y vid, 1,5 ml en cítricos y 4 ml en el tratamiento de invierno de los frutales. El segundo formato resuelve el principal inconveniente del cobre clásico, esa parada de crecimiento que suele seguir a la aplicación del cobre de contacto: el cobre sistémico es un cobre de rápida asimilación y buena translocación, que la planta distribuye internamente y que mantiene la sanidad de los tejidos con efecto fungistático, dificultando el desarrollo de los patógenos sin frenar el cultivo. Al contrario, aporta un efecto bioestimulante que mejora el rendimiento, se aplica por vía foliar en hortícolas, frutales, cítricos y vid, y es igualmente apto para el manejo ecológico y sin plazo de seguridad. Entre las buenas prácticas culturales, el refuerzo con sílice y estos dos cobres, quien cultiva en ecológico tiene margen de sobra para mantener el mildiu a raya sin renunciar a un manejo respetuoso con el suelo y con quien va a comerse la cosecha. Si os encontráis peleando con el mildiu cada temporada y queréis montar un programa de prevención que funcione, estaremos encantados de ayudaros a plantearlo.

Productos imprescindibles este mes:

  • verme dell'humus

    Humus di lombrico

    Fascia di prezzo: da 8.99€ a 19.90€
  • Fertilizzante a base di alghe Ascophyllum nodosum

    Fascia di prezzo: da 14.99€ a 85.98€
  • Quitosano líquido ecológico Cultivers 1 litro, activador de defensas naturales para plantas

    Chitosano

    Fascia di prezzo: da 16.99€ a 89.99€
  • Agro Melaza de caña para plantas Cultivers, botella de 1 litro, bioestimulante líquido ecológico con aminoácidos y materia orgánica

    Agro Melassa di canna per piante

    Fascia di prezzo: da 15.90€ a 69.99€