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Cómo plantar bulbos de primavera: guía de otoño

Hay una confusión muy frecuente con los bulbos de primavera que cuesta muchas floraciones fallidas cada año, y conviene deshacerla antes de ponerse a plantarlos. Cuando alguien busca «bulbos de primavera» puede estar pensando en dos cosas casi opuestas: los bulbos que florecen en primavera, que son los tulipanes, los narcisos, los jacintos o los crocus y que hay que plantar ahora, en otoño; o los bulbos que se plantan en primavera para florecer en verano, que son los gladiolos, las dalias, los lirios o las cannas.

Si os han dicho que los bulbos de primavera se plantan de enero a abril y estáis leyendo esto en septiembre con una bolsa de tulipanes en la mano, no os habéis equivocado de mes: habéis dado con las dos acepciones mezcladas. Aquí vamos a ocuparnos de los primeros, los de floración primaveral, porque su ventana de plantación empieza justo ahora, y porque su cultivo depende de un detalle que el otro grupo no necesita.

Qué son los bulbos de primavera y por qué se plantan en otoño

Un bulbo es un órgano de reserva: una yema rodeada de capas carnosas donde la planta guarda el alimento que necesitará para brotar y florecer sin depender de lo que encuentre en el suelo en ese momento. Eso explica por qué un bulbo de tulipán florece igual de bien el primer año en un sustrato pobre que en el mejor bancal, y por qué el segundo año la diferencia se nota tanto. Pero el factor decisivo en este grupo de especies no es el alimento sino el frío: los bulbos de floración primaveral necesitan atravesar un periodo prolongado de temperaturas bajas, entre ocho y quince semanas por debajo de unos nueve o diez grados según la especie, para que se desencadenen los procesos internos que permiten que el tallo floral se alargue. Sin ese invierno, el bulbo brota, saca hoja y no florece, o lo hace con un tallo ridículamente corto pegado al suelo.

De ahí viene su calendario el calendario de plantación, que no es una costumbre heredada sino una consecuencia de esa necesidad de frío. Al plantarlos en otoño, el bulbo echa raíz mientras el suelo todavía conserva algo de calor, pasa el invierno enterrado acumulando horas de frío y emerge en cuanto la temperatura empieza a subir, con todo el trabajo ya hecho. Plantarlos en enero, si vives en una zona donde el frío ya casi ha pasado, no les deja tiempo y es la causa más habitual de las floraciones pobres que luego se achacan a la calidad del bulbo.

Esto tiene una consecuencia práctica para quienes viven en el litoral mediterráneo, en Canarias o en el sur: allí el invierno puede no ser suficientemente frío, sobre todo para tulipanes y jacintos, por lo que merece la pena meter los bulbos en la parte baja de la nevera lo antes posible (septiembre sería lo ideal), entre seis y ocho semanas, asegurándose así el tiempo de frío que el bulbo necesita.  Importante siempre que se metan en la nevera: situarlos lejos de la fruta, porque el etileno de la manzana o el plátano en maduración arruina el embrión floral, y revisar una vez por semana que los bulbos se encuentren en buen estado.

Cuándo plantar los bulbos de primavera

Las fechas son variables en función del clima de cada zona, aunque en España podemos tomar como referencia el siguiente cuadro:

 

Especie Cuándo plantar Profundidad Distancia Floración
Narciso Septiembre a noviembre 12-15 cm 10-15 cm Febrero a abril
Crocus Septiembre a octubre 5-7 cm 5-8 cm Febrero a marzo
Muscari Septiembre a octubre 5-8 cm 5-10 cm Marzo a abril
Jacinto Octubre a noviembre 10-12 cm 15 cm Marzo a abril
Anémona y ranúnculo Octubre a noviembre 4-5 cm 10-15 cm Marzo a mayo
Alium Octubre a noviembre 15-20 cm 20 cm Abril a junio
Tulipán Noviembre a diciembre 12-15 cm 10-15 cm Marzo a mayo

Fijaos en que el tulipán cierra la lista y no por casualidad: plantado demasiado pronto, sobre un suelo aún templado, brota antes de tiempo, esa hoja anticipada sufre con las heladas y el bulbo pasa más semanas expuesto a las podredumbres, así que es la única especie del grupo con la que conviene esperar a que refresque de verdad.

Y ojo, porque en general es necesario que las temperaturas hayan empezado a refrescar para plantarlos. Si en vuestra zona está haciendo todavía demasiado calor para la época, es mejor meterlos en la nevera y esperar a que el calor fuerte se vaya. Si en cambio vivís en zonas donde las temperaturas ya bajan de los 20º, podéis empezar a plantarlos. Siempre será el frío quien marque las fechas, teniendo en cuenta los rangos adecuados y la necesidad de semanas de frío.

 

¿Cómo se plantan los bulbos de primavera? Suelo, profundidad y orientación paso a paso

El enemigo número uno de un bulbo enterrado no es el frío ni la sequía, es el agua estancada, que lo pudre en cuestión de semanas. Por eso es importante elegir bien el sitio: buscad una zona soleada, donde reciban al menos unas horas de sol directo, y donde haya un suelo que drene bien.  Si el vuestro es arcilloso y se encharca, se puede resolver incorporando arlita en la zona de plantación, y mezclando un poco de sustrato universal. Preparad el bancal aflojando la tierra bastante más abajo de lo que va a ocupar el bulbo, porque las raíces bajarán por debajo, e incorporad  humus de lombriz mezclado con la tierra del hoyo, nunca en contacto directo con el bulbo, porque aporta nutrientes de forma sostenida para la floración del año siguiente y mejora la estructura sin el riesgo de quemado que tienen los aportes frescos.

La profundidad se calcula con una regla que funciona para prácticamente todas las especies: enterrad el bulbo a dos o tres veces su propia altura, medida desde la base hasta la punta. Un bulbo de tulipán de cinco centímetros va a unos doce o quince de profundidad; un crocus pequeño, a cinco o siete. Quedarse corto es el error más frecuente y se paga con tallos que se tumban al primer viento y con bulbos que el frío alcanza demasiado. La orientación importa igual: la punta hacia arriba y la base ancha, donde se ven los restos de raíz, hacia abajo. Si os toca una especie donde no se distingue bien, como el ranúnculo o la anémona, que no tienen forma de bulbo sino de garra o de tubérculo irregular, colocad las garras hacia abajo y, en el caso del ranúnculo, dejadlo antes tres o cuatro horas en remojo en agua templada para que rehidrate.

Si os toca una especie donde no se distingue bien, como  las anémonas, que no tienen forma de bulbo sino de tubérculo irregular, se planta de lado horizontalmente o plano sobre el sustrato. En el caso de los ranúnculos, que tienen forma de garra, las garras deben ir hacia abajo, y la parte más plana hacia arriba. En ambos casos, anémonas y ranúnculos, es recomendable hacer un remojo de un par de horas, para que el bulbo se rehidrate antes de plantarlo.

Y un último consejo: plantad en grupos y no en fila. Una fila de flores produce un efecto mucho más pobre que un grupúsculo; al estar juntas producen una mancha de color que se ve desde lejos. Podéis jugar con varias especies e intercalarlas, o plantar cada especie por separado formando pequeñas matas.  Regad una vez después de plantar, lo justo para asentar la tierra y desencadenar el enraizamiento, y dejad que se encargue la lluvia a partir de ahí. En maceta, elegid recipientes hondos y con buen drenaje, y recordad que el sustrato se enfría y se calienta mucho más rápido que el suelo del jardín: en zonas cálidas eso juega a favor, y en las muy frías obliga a arrimarlas a una pared protegida.

Qué hacer después: riego, frío y los cuidados tras la floración

Durante el invierno el bulbo pide poquísimo: humedad suficiente para no deshidratarse y nada más. En la mayor parte de España la lluvia se basta sola y solo hay que vigilar que el agua no se acumule en la zona de plantación. Si el otoño viene seco, un riego cada tres o cuatro semanas es más que suficiente, siempre comprobando antes que efectivamente el sustrato se ha secado. Si es un otoño lluvioso, no reguéis en absoluto. En cuanto asoman las primeras hojas, a finales de invierno, el consumo de agua sube y conviene mantener el suelo fresco sin llegar a empapar, y ese es también el momento de un aporte ligero de abono , imprescindible si el suelo es pobre, siempre aplilcándolo alrededor de la planta y nunca directamente sobre el bulbo.

El cuidado que más resultados da es también el que más cuesta respetar, porque va en contra del instinto de dejar el jardín limpio: no cortéis las hojas después de la floración. Retirad la flor marchita, que es útil porque evita que la planta gaste energía en formar semilla, pero dejad el follaje intacto hasta que amarillee y se seque por completo, seis u ocho semanas después de la floración. Durante ese periodo la hoja está fabricando y enviando al bulbo las reservas con las que florecerá el año que viene, y segarla antes de tiempo equivale a vaciar la despensa. Por ese mismo motivo es importante continuar abonando la planta, y muy recomendable hacer aportes de aminoácidos ; en el caso de los tulipanes, sin estos aportes extra lo más seguro es que no vuelvan a florecer. Tampoco hagáis un nudo con las hojas ni las dobléis, una costumbre bastante extendida que reduce la superficie expuesta a la luz y consigue el mismo efecto que cortarlas.

Una vez seco el follaje, cada especie pide una cosa distinta. Narcisos, muscari, crocus y alium se naturalizan bien en buena parte del país: se quedan en el suelo, se multiplican solos y cada año son más, así que basta con dividir la mata cada tres o cuatro años si se ve apretada. Los tulipanes y los jacintos son otra historia en climas cálidos, porque necesitan un verano seco y fresco que aquí rara vez se da, y con el paso de los años el bulbo se divide, pierde tamaño y deja de florecer; por ese motivo es tan importante aportarles abono y aminoácidos, que ayudarán a esos pequeños bulbos a desarrollarse con fuerza. En el caso de plantación en macetas es frecuente arrancarlos cuando la hoja se seque, guardarlos en un lugar oscuro, seco y ventilado durante el verano, y replantarlos en otoño, o directamente tratarlos como una plantación anual.

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